¿Por qué el deseo nos lleva a la locura?

Los instintos son pautas predefinidas de reacción a determinados estímulos, que se desencadenan con el fin de preservar la vida del individuo y/o de la especie.

Ahora bien, en los seres humanos, no son los instintos los que nos dan más «vida» ni los que nos la quitan. Lo que condiciona nuestra existencia es fundamentalmente el «deseo».

El deseo nos tiene locos… pero en el buen sentido de la palabra. De hecho, no se puede decir que sea más sano vivir sin deseo. Al contrario, cuando la capacidad de desear está disminuida o ausente, habría que sospechar la presencia de un trastorno mental.

Desear y ser deseados nos hace plantearnos muchas preguntas: No sé por qué me gustan los hombres malotes si sé que me acaban dañando. ¿Cómo puedo conseguir que ella me desee? ¿Por qué no me atrevo a dar el paso si eso es lo que quiero?

El deseo es un misterio para el ser humano. Es un movimiento continuo, una aspiración incesante que no cumple una función adaptativa: si el instinto busca un objeto con el que satisfacer una necesidad; las cosas y personas deseadas no son una cuestión de supervivencia.

La economía de consumo se alimenta de esta tendencia insaciable a desear productos en su mayoría innecesarios. Tampoco las motivaciones en el campo del saber y del arte surgen con fines adaptativos, sino promovidas por un deseo de conocer y de buscar nuevos modos de expresión. Pero donde más claramente se ve esta falta de correspondencia entre la adaptación y los objetos del deseo es en el terreno del amor.

¿No ha oído a nadie decir que la persona a la que tanto desea no le conviene en absoluto?

«Desear» condiciona con tanta fuerza que una persona puede saber que lo que desea va en contra de su supervivencia y, aún así, no dejar de desearlo: «No debía de quererte y sin embargo te quiero» (Quintero, León y Quiroga).

El deseo es tan autónomo que tampoco podemos decidir con antelación si alguien nos va a gustar o no: primero nos gusta y luego somos conscientes de que nos gusta.

Imaginándonos junto a esa persona, el deseo nos empuja a idealizar la satisfacción que obtendríamos de formar pareja con ella: «No hay nada más bello que lo que nunca he tenido» (J. M. Serrat).

La plenitud que soñamos es tan grande que a veces estamos dispuestos a llegar al fin del mundo con tal de iniciar la relación: «Te seguiré hasta el final / te buscaré en todas partes / bajo la luz y la sombra / en los dibujos del aire» (Pedro Guerra).

¿Por qué «desear» nos lleva a la locura? Porque el deseo vive de no tener aquello que persigue.

Por eso, al conseguirlo, corre el riesgo de esfumarse: «Y con las luces del alba / antes que tú te despiertes / se hará ceniza el deseo / me marcharé para siempre / Y cuando todo se acabe / y se hagan polvo las hadas / no habré sabido por qué / me he vuelto loco por nada» (Pedro Guerra).

Esto nos da una pista de por qué hay personas que, después de haber creado las condiciones para que emerja el deseo en un encuentro con otra, no se permiten materializarlo. Temen que, alcanzando aquello que quieren, el deseo se desvanezca. Les da tanta vida «desear» que prefieren quedarse con las ganas de tenerlo a dejar de desearlo.

¿No es un verdadero enigma? ¿Cuál será el oscuro objeto del deseo? ¿Qué deseamos? ¿Lo prohibido, lo imposible, lo que otros tienen, lo que no tenemos?

Si seduzco a la persona que deseo, ¿dejaré de desearla?

No creo que debamos ser tan pesimistas. Pero sí que tendremos que seguir haciendo malabares para que el deseo se renueve; de lo contrario, dispondremos de lo deseado pero ya sin desearlo. Sabina lo tiene claro: «Yo no quiero comerme una manzana / dos veces por semana / sin ganas de comer» (J. Sabina).

Es cierto que las películas de Hollywood suelen terminar cuando la pareja inicia su idilio. Pero, ¿no cree que lo más fascinante de una relación comienza después del último fotograma: con el reto de seguir alimentando el deseo para que la llama siga viva?

Si sólo fuera una cuestión de instintos la cosa sería más simple y la satisfacción estaría asegurada.

Desear, en cambio, lo complica todo. Pero, ¿quién quiere vivir sin la locura a la que nos lleva el deseo?

3 respuesta a “¿Por qué el deseo nos lleva a la locura?”

  1. Conoces mis disfraces,
    el calibre del grano
    de cada sal que gasto,
    el burdo bamboleo con que, improvisando, bailo,
    mis manejos de mago aficionado,
    las constantes de mi mirada y mi sintaxis;

    tienes ya más que vistos
    mis poemas, mi estrella, mi insistencia,
    el tono de mi voz si algo pretendo
    en horas que no son las de tu horario;

    y aunque puedes anticipar mis titubeos,
    vaticinar los gestos de mis manos
    o predecir los giros de mi cuello,
    aún me dejas creer
    que te sorprendo;
    hay veces que afirmas que estoy loco
    y llegas a mirarme por momentos
    con tus ojos desmesurados de ver apariciones.

    Difícil vivir
    sin tal resurrección.

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