Los traumas que no parecen traumas

Muchas personas que consultan están sufriendo debido a experiencias traumáticas vividas en sus familias. No piense que se trata de casos aislados. Probablemente usted también haya experimentado situaciones de este tipo, aunque no se le ocurra considerarlas «traumas».

Quisiera aclarar que no estoy aludiendo aquí a experiencias llamativas e impactantes del tipo abuso sexual o agresiones físicas, a las que fácilmente se suele calificar de traumáticas. Los traumas a los que me estoy refiriendo son menos visibles que aquellos. Son esas vivencias cotidianas, aparentemente inofensivas, que producen efectos traumáticos en las personas que las han soportado.

¿Conoce algún caso de niñas que desde muy pequeñas tuvieron que encargarse del cuidado de sus hermanos menores?

Conviene aclarar que el valor traumático de una experiencia se conoce siempre a posteriori, pues un acontecimiento por sí solo no asegura una consecuencia negativa en todo aquel que lo vive.

Como psicólogo clínico compruebo a menudo que, bajo una apariencia de normalidad, muchas familias esconden modos de funcionamiento realmente anómalos, que se han convertido en prácticas habituales entre sus miembros. Estas formas de relacionarse suelen afectar principalmente a uno de los hijos, del que se espera una respuesta que a veces excede sus recursos personales, y al que se le encargan unas funciones que no le corresponde asumir ni por su edad ni por su estatus (de hijo) en la familia.

¿Por qué llamarlos traumas?

Del mismo modo que una articulación del cuerpo (tobillo, rodilla) puede dañarse por una mala posición mantenida en el tiempo y no necesariamente tiene que sufrir un impacto puntual para que hablemos de lesión, estas pautas de interacción familiar acaban produciendo a largo plazo un desgarro interior y un profundo daño emocional en alguno de los componentes de la familia.

Seguramente estas niñas se acabaron acostumbrando a olvidar sus propias necesidades y a ignorar sus auténticos deseos, para cumplir satisfactoriamente con las obligaciones familiares. 

No es extraño que estas personas al llegar a la edad adulta sigan procediendo y tomando decisiones de acuerdo con aquel rol invariable de la niñez, aunque esas decisiones entren en franca contradicción con sus deseos actuales.

Por desgracia, es frecuente que ni siquiera ellas mismas sean conscientes de cómo aquellas ataduras familiares de la infancia las siguen condicionando en el presente; de ahí que no contemplen la posibilidad de un cambio en sus vidas o que, por sí solas, no logren enfocar acertadamente los cambios necesarios.

Quizás usted también esté sufriendo por algún «trauma» de estos que no parecen traumas. Seguramente desee sanar las heridas emocionales así como salir de esa posición en la que siempre se ha visto colocado. Y, por supuesto, lograrlo sin dejar de ser usted mismo.

Si es así, sepa que a todo esto le puedo ayudar.

Pero recuerde que todavía no sé nada de usted. Primero tengo que escucharle.

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