La obesidad infantil y el papel de los adultos (II)

En el post anterior, La obesidad infantil y el papel de los adultos (I), preguntaba qué tipo de cuerpo queremos para los menores: ¿un cuerpo que funcione como aliado para el disfrute y la calidad de vida o un cuerpo como obstáculo para las actividades más básicas del día a día? La respuesta parece obvia, pero ¿actuamos en consecuencia? ¿Estamos protegiendo a los menores de esta epidemia global del siglo XXI?

Quizás convenga saber que, además de provocar problemas en la infancia y la adolescencia, la obesidad infantil es un buen predictor de obesidad en la edad adulta; así que, si la información acerca de las complicaciones somáticas y psicológicas derivadas de la obesidad no es suficiente para concienciar del problema, quizás sea más efectivo probar con un sencillo ejercicio de visualización sobre cosas más «terrenales»: ¿cómo será la vida adulta de mi hijo si crece con obesidad?

Como cabe suponer, lo más frecuente es que un adulto con obesidad mórbida acabe modificando su vida para adaptarse a las limitaciones en la movilidad impuestas por su peso. Cuando el cuerpo «no acompaña» es lógico que, ante los propios deseos o los planes de otros, aparezcan respuestas automáticas de evitación y de aislamiento que dan lugar al sedentarismo típico de muchas personas obesas: «¿Cómo voy a ir yo de excursión si no puedo tirar de mi cuerpo?». Se autoengañará, buscando cualquier tipo de argumentos para no irse de viaje con los amigos, presintiendo que cualquier paseo será cuesta arriba. Vivirá como un duro entrenamiento lo que para otros es juego y diversión. «Yo no puedo hacer ejercicio porque, con tantos kilos de más, corro mucho riesgo de lesionarme». Se acostumbrará a perderse muchas actividades de ocio y a quedarse en casa viendo por las pantallas cómo otros se divierten. Aprenderá a vivir la vida desde la distancia, privándose de muchas experiencias, por sentir su cuerpo como una mochila llena de piedras y, en los casos más graves, se irá haciendo cada vez más dependiente, hasta necesitar ayuda para atarse los cordones de sus zapatos. Habrá crecido con el «Yo no puedo» como lema. Vivirá al servicio de su cuerpo.

La obesidad infantil se puede prevenir y la prevención está en manos de los adultos. De nosotros depende en gran medida que los menores perciban su cuerpo como un medio para el disfrute y la autonomía; que puedan sentirlo como algo propio, conectado con sus emociones y sus proyectos. Por eso, es nuestra responsabilidad crear condiciones apropiadas para que los menores crezcan con un peso adecuado y puedan beneficiarse de las alternativas que ofrece un cuerpo sano. Un cuerpo al servicio de ellos, que les permita jugar, bailar, subir a la montaña o caminar por la playa, practicar deporte, crear relaciones sociales, trabajar cuando les llegue la hora. Vivir.

Somos los adultos, pues, quienes tenemos que interiorizar la importancia de la actividad física, de una dieta equilibrada y de la regulación de los impulsos para transmitirles a ellos hábitos saludables. Así será más probable que consigan de sus cuerpos un aliado para el disfrute y un apoyo para la buena calidad de vida.

Lo que está claro es que la obesidad infantil no es ninguna tontería.

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