La gran fortuna de sentir gratitud

Las personas no experimentamos sólo emociones básicas como la alegría, el miedo, la ira, la tristeza, el asco, la sorpresa y el desprecio. Entre otras cosas, también podemos sentir gratitud.

La gratitud es un sentimiento complejo, menos intenso y explosivo que las emociones básicas. Normalmente se experimenta de una forma profunda, plena y duradera. Quien siente verdadera gratitud se siente afortunado por tener este sentimiento y agradecido a aquellos que le enseñaron a sentirlo.

Algunos estudios concluyen que la gratitud tiene beneficios para la salud, que mejora las relaciones sociales y que quien expresa agradecimiento también lo recibirá de los demás. Esto es cierto pero creo conveniente aclarar que si esto llega es por añadidura, puesto que quien siente gratitud no espera recibir nada a cambio. La verdadera gratitud no es interesada ni utilitarista.

Hablo de «verdadera» gratitud porque la gratitud no es sinónimo de dar las gracias educadamente. Es, ante todo, una experiencia interna que comienza con ver lo bueno que está fuera de uno, aunque no sea tangible ni llamativo, aunque parezca banal e insignificante. Verlo, reconocerlo y sentirse dichoso por disfrutarlo.

Quien siente gratitud sabe que sin el apoyo y la sabiduría de sus semejantes no habría alcanzado las metas que ha logrado, cualesquiera que sean. Lo sabe y se siente afortunado de no olvidarlo. No se engaña haciéndose creer que todo lo conseguido es fruto únicamente de su propia capacidad y esfuerzo. Con esta creencia estaría enalteciendo su importancia personal y seguramente sentiría muchas cosas, pero no gratitud.

Quien siente gratitud no se hace más pequeño por recibir ayuda cada vez que no acierta por sí solo a encontrar la mejor solución. La gratitud le hace sentir mejor persona, más grande de espíritu. Puede pedir ayuda sin voracidad y aceptarla sin culpabilidad. Claro que, para llegar a este punto, ha tenido que conseguir que las virtudes ajenas le causen más admiración que envidia.

Como resultado de todo esto, cuando una persona ha aprendido a valorar lo bueno que proviene de fuera, sin buscarlo ni pretenderlo se acaba encontrando también con lo bueno que lleva dentro.

A fin de cuentas, ¿contra quién lucha el ingrato si no es contra sí mismo?

Quisiera finalizar dándole las gracias por haber dedicado su tiempo a esta lectura, sin olvidar, por ello, que sentir gratitud es algo mucho más profundo que respetar las normas de urbanidad.

Daniel González
Psicólogo en Sevilla especialista en Psicología Clínica y Psicoterapia

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