¿Está tomando en serio su ansiedad?

Un vuelco al corazón. Una sensación de muerte inminente que aparece de la nada. Un abismo que se abre. Se pierde el control sobre sí mismo. ¿Un infarto? ¿La locura? ¿La muerte?

La ansiedad, cuando se presenta en su forma más aguda y exacerbada, provoca un sufrimiento tan intenso que deja una huella duradera en la persona que la padece.

¿Ha tenido usted alguna crisis de ansiedad?

Si es así, probablemente haya quedado marcado de tal forma que temerá que esa horrible experiencia se repita y, seguramente, estará tomando medidas de precaución que, en ocasiones, limitan su vida. Desgraciadamente no es fácil controlar la ansiedad y, a menudo, vuelve a aparecer cuando menos se la espera.

En un ataque de pánico o crisis de ansiedad suelen faltar las palabras para explicar lo que se está sintiendo. El cuerpo, en su versión más desagradable, se impone con diversos síntomas: opresión en el pecho, palpitaciones, nudo en la garganta, sensación de asfixia, temblores, hormigueos… Horrible.

Tampoco las personas cercanas suelen entender a qué se debe una respuesta tan tremenda, salvo que alguna de ellas la haya padecido alguna vez. Para los familiares y amigos puede resultar más fácil conectar con el disgusto debido a una enfermedad física que comprender un ataque de ansiedad, pero en esos momentos resulta fundamental el apoyo más sincero a la persona que lo sufre, por mucho que no se perciban sus causas.

La falta de apoyo en estos casos agrava la situación, ya que lo que menos necesita la persona que tiene o ha tenido una crisis de ansiedad es que se le cuestione lo que ha sentido o que menosprecien su sufrimiento.

La ansiedad no es ninguna tontería ni es motivo para avergonzarse. El malestar que provoca ya es suficiente como para tener que cargar, además, con comentarios críticos de los que no la han experimentado.

¿Es posible encontrar solución para no tener más crisis de ansiedad?

Probablemente ya habrá comprobado que en internet existen cientos de páginas con diversas técnicas para controlar los síntomas de ansiedad: ejercicios de respiración, técnicas de relajación, recomendaciones sobre cómo distraer la atención, consejos para reinterpretar los síntomas de una manera menos catastrofista, etc.

Seguro que todo eso ayuda. Conocer el propio cuerpo, saber relajar la musculatura y controlar la respiración son aprendizajes muy útiles y que requieren entrenamiento para llegar a dominarlos.

La cuestión psíquica, sin embargo, es mucho más compleja y requiere un tratamiento más profundo. Me temo que cuando escucha o lee consejos sobre cómo cambiar sus pensamientos puede considerarlos demasiado livianos para lo mal que usted lo pasa cuando sufre ansiedad.

Permítame decirle que la ansiedad no es el problema a resolver, más bien es la consecuencia de algo, por mucho que no se identifique fácilmente la causa que la produjo.

La ansiedad no surge de la nada, aunque lo parezca. Está íntimamente relacionada con usted, con su vida, con sus proyectos, con sus deseos, con las relaciones personales, con sus temores, con situaciones que no encajan, con sus pérdidas afectivas, con lo que percibe que otros esperan de usted… aunque en principio no vea la conexión ni sepa por dónde empezar a buscar.

Mi recomendación profesional como psicólogo clínico es que si está padeciendo la tortura de la ansiedad, se plantee seriamente realizar psicoterapia. La psicoterapia es mucho más que ofrecer remedios para controlar la ansiedad.

Un asunto tan importante para usted, por el sufrimiento que le genera, merece un tratamiento que sea tomado con la misma importancia y seriedad; un tratamiento que le permita distinguir qué hay en su vida para que su cuerpo reaccione así. A partir de ahí, usted mismo irá realizando cambios que lo colocarán en una posición diferente, en la que ya no hará falta que la ansiedad aparezca para avisarle de que algo en su vida no marcha bien.

Por todo esto, remedios rápidos para aliviar la ansiedad no voy a ofrecerle; una psicoterapia seria y profunda, sí.

Pero recuerde que todavía no sé nada de usted. Primero tengo que escucharle.

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