Educación: cómo poner límites y no morir en el intento

Educar es una labor compleja que exige, entre otras cosas, paciencia, esfuerzo, constancia, compromiso, empatía, tolerancia a la frustración; no sólo conocimiento y aplicación de técnicas de aprendizaje.

Tanto es así que, en ocasiones, poner límites se convierte en una tarea bastante agotadora para padres y educadores. No es plato de buen gusto tener que estar continuamente corrigiendo el comportamiento de los hijos o alumnos, sobre todo cuando estos insisten en mostrarse negativistas y desafiantes.

Este desgaste lleva a muchos adultos a cuestionarse sus competencias como educadores, desbordados porque los encuentros con los menores se transforman en una lucha sin tregua que no deja espacio para una relación más fluida.

En este punto, quisiera recordarle que cada vez que usted pone límites a un niño o adolescente, le está enseñando, en primer lugar, algo tan imprescindible para su crecimiento personal como que él no está solo en el mundo ni todo puede ser como él quiere. Aunque su hijo o alumno ahora no lo valore, en un futuro, esto lo agradecerá.

Cada vez que usted le hace reparar en las necesidades de los demás, le está marcando el camino para una adecuada socialización. No le quepa duda de que, en un futuro, esto lo agradecerá.

Cada vez que usted le señala que su conducta puede estar molestando a otra persona, le está enseñando el valor de la empatía y a considerar las consecuencias de sus acciones. Su hijo o alumno aprenderá así a regular los impulsos, condición básica para la convivencia en comunidad. Aunque lo más probable es que nunca se lo diga, seguro que, en el futuro, esto lo agradecerá.

A base de repetirle las normas de la casa o de la clase, acabará interiorizándolas, objetivo prioritario de todo proceso educativo. ¡Cuántas veces escuchamos decir: «mi madre solía decirme…», «un profesor que fue muy importante para mí siempre nos decía…»! ¿Acaso estas frases no son signos de agradecimiento?

Cada vez que usted pone un límite con claridad y firmeza, sin entrar en contradicción con órdenes previas, le está evitando confusión y ambigüedad a su hijo o alumno. Lo más probable es que usted lo haga automáticamente; aun así, le estará facilitando la adquisición del aprendizaje. Seguro que, en un futuro, el menor lo agradecerá.

Cualquiera con un mínimo de sensibilidad ha sentido más de una vez incomodidad y remordimientos poniendo algunos límites. ¿Es este también su caso?

Quizás convenga recordar que cuando usted se muestra consistente, el menor aprende a tomar su palabra (la de usted) en serio. Claro que, para eso, es preferible pensar primero lo que se le va a decir, en lugar de ponerle el castigo «en caliente», impulsado por las emociones del momento, y luego «al enfriarse» no ser capaz de sostenerlo, por juzgarlo excesivo. Si así fuera, estaría enseñándole «sin intención» que las cosas se consiguen con insistencia y a base de pataletas. Y, lo que es peor: usted se sentirá, ante él, desautorizado (por usted mismo).

En cambio, cada vez que pone un castigo que sí podrá hacer cumplir, le está enseñando que las normas están por encima de su capricho y que tiene que respetarlas. De esta forma, también le está aportando confianza en usted. Seguro que, en el futuro, esto su hijo o su alumno lo agradecerá.

Debido a que muchas veces consideramos poco valioso lo que logramos sin esfuerzo, cada vez que usted le hace esperar -en peticiones no urgentes- el niño o adolescente aprenderá a demorar la obtención de gratificaciones y a darle más valor a las cosas que consigue. Seguro que ese límite no le va a gustar ahora pero, en el futuro, lo agradecerá.

Aunque usted no lo haga premeditadamente, cada vez que cuenta con la opinión del menor y con su capacidad de decisión, está promoviendo el fortalecimiento de su autoestima. Alternativas del tipo «elige qué camisa quieres ponerte, ya que adonde vamos no puedes ir en chándal» o «tienes que realizar estas tres fichas, empieza por la que tú quieras», le dan a su hijo o alumno la posibilidad de elección dentro de los límites que usted le ha marcado. Esa combinación de solidez y flexibilidad es tan enriquecedora para el menor que, aunque él no lo sabe todavía, también será digna de agradecimiento en el futuro.

En el mismo sentido, sabemos que no es lo mismo llamarle «desordenado» que decirle que debe ordenar su escritorio. Cada vez que usted evita descalificaciones personales, a pesar de sentirse irritado con su hijo o alumno, está favoreciendo que colabore en la tarea concreta, sin mermar su autoestima. Seguro que, en un futuro, esto lo agradecerá.

Cada vez que permite que haga las cosas por sí mismo, en lugar de hacerlas por él, le está dando oportunidades para practicar lo aprendido, perfeccionar la ejecución y sentirse más autónomo. Permitir sus tropiezos, ayudarle a levantarse y animarle a seguir intentándolo reforzará su independencia, mantendrá viva su motivación y le hará sentirse respaldado por las personas que están a su cargo. Seguro que, en un futuro, todo esto lo agradecerá.

Pero no seamos ingenuos: el agradecimiento expresado no siempre llega; a veces sólo percibimos sus efectos.

Afortunadamente esto no suele desanimar a los educadores comprometidos con sus valores, que persisten en su tarea de proteger a los menores de peligros (presentes y futuros) así como de allanarles el camino para una vida en comunidad, sin esperar agradecimiento a cambio. Seguro que también esto, cuando sean mayores, ellos lo agradecerán.

 

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