De las cámaras analógicas a las parejas digitales

Recuerdo cuando mandábamos revelar un carrete de fotos después de una celebración o de un viaje. Lo habitual era estar deseando que llegara el momento de recogerlas para verlas con ilusión. Es verdad que no siempre salían todas las fotos como esperábamos  y que la decepción era parte de la rutina, por salir con los ojos cerrados o por haber puesto un dedo delante del objetivo.

En el siglo XXI la dinámica ha cambiado por completo: ahora podemos tomar miles de fotografías a un precio mucho más barato, las vemos inmediatamente, las repetimos sobre la marcha hasta elegir la que más nos gusta y podemos evitar, si queremos, salir con los ojos cerrados. Las ventajas que ha aportado el avance de la tecnología son innumerables. Pero también hay que reconocer que con tanta celeridad hemos acabado con el pellizquito que nos dejaba la espera de las fotos impresas en papel. Y ese pellizquito de la espera se llama deseo.

Es evidente que la inmediatez ha llegado a todas las áreas de la sociedad de consumo -no sólo a la fotografía- y una consecuencia de esto es que las nuevas generaciones crecen desdeñando la espera y la frustración.

Es el espíritu del tiempo (Zeitgeist), que nos hace desenvolvernos en materia económica del mismo modo que en el resto de áreas socioculturales. De ahí que el plano de las relaciones sociales, en general, y de las parejas, en particular, también se vea afectado por este nuevo movimiento, que reniega de la paciencia y de la aceptación de los errores.

¿Sabrán las nuevas generaciones soportar la espera, tolerar las imperfecciones, no huir inmediatamente de las adversidades y esforzarse en construir relaciones de buena calidad?

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