Claves psicológicas para el futbolista profesional

En este artículo quiero destacar algunas cualidades del deporte en equipo desarrolladas por muchos jugadores que se han consolidado en el máximo nivel durante años. También entenderemos por qué otros no han llegado a la élite o no han logrado mantenerse, a pesar de haber demostrado tener más calidad técnica o mejores cualidades físicas que los primeros.

Partamos de lo más sencillo, lo que todos sabemos: cuando se trabaja en equipo, lo prioritario es el equipo. Esta es la clave que voy a desarrollar.

Si enfatizo este punto tan básico es porque, aunque parezca increíble, no todos los deportistas son capaces de llevar este concepto a la práctica de manera continuada.

La consecuencia lógica de tener integrado este presupuesto es que todas las decisiones se tienen que tomar en beneficio del equipo, nunca a título particular. Cuando los jugadores tienen claro este aspecto, no dudan, por ejemplo, en cometer una falta en un partido de semifinales aun a sabiendas de que, si son expulsados, se perderán la final. Esta decisión no es fácil en absoluto.

Por el contrario, muchos de los jugadores cualificados que no llegan a triunfar son aquellos que no están dispuestos a sacrificarse por el bien del equipo, y anteponen su interés individual al de la institución que representan.

Es perfectamente comprensible que, como profesional, cada jugador vele por su propio interés, pero el beneficio particular debe llegar como consecuencia del rendimiento colectivo, nunca a costa de éste. Cuando los jugadores trabajan para el conjunto, el rendimiento del equipo mejora, y el crecimiento del equipo, a su vez, hace más grandes a sus jugadores.

Es obvio que no siempre el rendimiento individual o colectivo es el deseado. En tal caso, el futbolista está obligado a seguir luchando y no bajar los brazos porque, si claudica, su equipo se debilitará y él, con su desmoralización, lo estará perjudicando.

En estas circunstancias difíciles, es fundamental saber regular la emoción para que el rendimiento no se vea interferido por el estado de ánimo.

En el terreno de juego, el tiempo para lamentarse debe ser muy breve; lo justo para descargar la rabia. Ya habrá tiempo, al terminar el encuentro, para lamentarse detenidamente por todo lo que no ha salido como debiera, pero durante el partido la concentración debe ser máxima.

Con la motivación ocurre lo mismo: hay que encontrarla siempre, no sólo cuando se juegan partidos históricos o contra equipos superiores.

Pero, ¿qué ocurre si el jugador no logra motivarse?

Un futbolista profesional tiene que manejar recursos psicológicos suficientes para que su rendimiento no disminuya por una falta de motivación. No olvidemos que estamos hablando de deporte profesional, y en ningún contrato se establece que los jugadores cobren a cambio de estar motivados.

Aquí remito al primer punto señalado: un jugador representa a un club y durante el partido no es más que uno de sus once representantes. Por eso, está obligado a luchar siempre por el bien de su club: con motivación o sin ella, contra rivales provocadores o ante equipos con más deportividad. Lo prioritario es el club.

Esta es la parte más dura del deporte de equipo que muchos no acaban de aceptar: que uno no juega para sí mismo sino para un conjunto. Y tanto en las victorias como en las derrotas, su contribución es la de ser un elemento más de ese conjunto.

Además, si nos detenemos a pensarlo, veremos que, por desgracia, en cualquier trabajo en grupo la influencia individual de cada miembro es mayor para dañar a su equipo, aunque sea sin intención, que para favorecerlo.

Lamentablemente, son muchas las veces que presenciamos cómo un jugador se deja llevar por un impulso personal (protestar airadamente al árbitro hasta ser expulsado, por ejemplo) perjudicando considerablemente a su equipo. Y comprobamos que esta conducta tiene consecuencias más relevantes que el resto del trabajo que había realizado hasta el momento.

Por todo esto, a la hora de tomar cualquier decisión, un futbolista de élite no puede perder de vista que su paso por el equipo tiene una vida limitada, mucho más corta que la del club al que se debe como profesional, y que el club es mucho más que los jugadores que saltan al terreno de juego: una institución deportiva con su propia historia, unos aficionados, otros trabajadores de la entidad…

El profesional que logra convivir con esta realidad es aquel que ha aceptado que sus valores individuales -personales y deportivos- pasen a estar al servicio de la institución que lo contrata, sin vivir esto como un menoscabo de su identidad personal.

Es evidente que no todo el mundo está dispuesto a realizar este tipo de concesión, pero sólo así tiene sentido dedicar las aptitudes y el esfuerzo a apostar por una carrera profesional en un deporte de equipo.

Es este espíritu gregario lo que permite que las virtudes de muchos futbolistas en formación –competitividad, creatividad, etc.- finalmente se desplieguen en el ámbito del deporte profesional.

¿Preparados para trabajar en equipo?

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