Como piezas de ajedrez

La partida está a punto de comenzar. Los gobernantes han sido seleccionados por sus ciudadanos para que jueguen al ajedrez en nombre de su país. Las decisiones que tomarán tendrán que beneficiar al país como conjunto. Juegan con blancas. No olvidemos que lo importante, al final de la partida, es haber dado jaque mate a las negras, independientemente del número de piezas blancas que queden en el tablero. Eso sí, una de ellas tiene que ser necesariamente el rey. Las demás piezas… seremos los ciudadanos.

Ha comenzado la partida. Los políticos tienen que decidir en nombre de las instituciones que representan. No olvidan que un país es algo distinto a la suma de sus habitantes. El país ha existido antes de los ciudadanos actuales y seguirá existiendo después. Por eso, para ganar la partida, los dirigentes decidirán salvar algunas piezas y sacrificar otras: sector privado o público; agricultores o transportistas; por cuenta propia o por cuenta ajena, etc.

Los ciudadanos desconoceremos la mayoría de las intenciones que se esconden detrás de cada movimiento así como las estrategias a que obedecen. Seremos necesarios como peones para trabajar y para consumir por el bien del país. Y, ante todo, debemos tener claro que las promesas que nos hicieron en campaña electoral sobre la defensa de nuestros intereses pasarán a un segundo plano, puesto que lo que prima ahora es la visión de conjunto.

Estamos ahí para ponernos en primera línea de batalla, decididos a defender el escudo allá donde haya que ir y a sacrificarnos, si es preciso, por el interés colectivo. Para ello, es imprescindible que antes nos hayamos identificado con nuestra patria y no tengamos muchas inquietudes por cuestionar los movimientos de los que deciden. Seguro que con pan y circo, como decían los romanos, no haremos mucho ruido.

La partida se sigue desarrollando. Las blancas están bien posicionadas desde un punto de vista macroeconómico. Sólo hay que lamentar algunas bajas, las de aquellos ciudadanos que tienen dificultades para llegar a fin de mes, pero debemos tranquilizarnos porque, en líneas generales, los políticos ven con optimismo la situación actual del país.

¿Cuáles serán los siguientes movimientos? ¿Qué pieza será la siguiente sacrificada? No importa, lo prioritario es el país. No seamos ingenuos. Recordemos que de «la gente» (como se refieren los políticos a nosotros) no se espera mucho más, tan sólo que actuemos así: como piezas de ajedrez.

Ranking de riqueza

¿Cómo funciona la competitividad en materia de economía?

Mi equipo de fútbol aspira a estar entre los primeros de la clasificación. Evidentemente, suelo alegrarme cuando gana. Pero no sólo eso; además, espero que los otros equipos del campeonato pierdan o empaten sus respectivos partidos.

Me pregunto si, cuando un país aspira a estar entre los más ricos del mundo, también necesita que a los otros les vaya peor. Supongo que sí, que esta será la otra cara de la moneda.

Para celebrar desgracias (económicas) de naciones extranjeras o para estar de acuerdo con decisiones políticas que frenan el desarrollo de esos países, ¿no habría que hacer un ejercicio demasiado grande de falta de empatía? Al fin y al cabo, en otros países viven personas, como nosotros… ¿O hay que mirar para otro lado y hacerse el tonto para no sufrir?

Mi padre no me entiende

«Ayer hubo otra discusión en mi familia. El día anterior le había dicho a mi padre que me gustaría que viniera algún mediodía a casa a comer con nosotros ya que, después del trabajo, suele irse a hacer deporte y se queda comiendo con los amigos. Le dije que mis compañeros del instituto suelen comentar en clase conversaciones mantenidas con sus padres a la hora del almuerzo y que yo, en cambio, a él apenas lo veo -por el trabajo y el deporte- aunque vivimos bajo el mismo techo.

Pues bien, ayer después del trabajo mi padre vino a casa a comer; pero a los dos minutos, con una mala cara que traía desde que entró por la puerta, me increpó malhumorado: “¿No querías hablar? ¡¡Venga, empieza!!”.

Le juro que no parecía mi padre. Más bien parecía un niño pequeño enrabietado, como si lo hubieran castigado sin poder salir a la calle a jugar con sus amigos…» 

La bronca que recibió fue lo de menos para él. Lo que más le dolió fue, por un lado, que su padre no entendiera que lo que él le estaba pidiendo era más tiempo de convivencia y, por el otro, que hubiera interpretado el reclamo del hijo como un intento de control sobre su tiempo libre. El padre era una persona significativa para este adolescente y, de alguna manera, él intuía que la presencia del padre a la hora de comer estaba siendo necesaria para poner cierto orden en la casa, que atravesaba en aquellos momentos algunos desajustes familiares.

A lo largo de sus sesiones de psicoterapia, este paciente habló con variados ejemplos de lo traumático que fue para él que su padre no respondiera desde el lugar adulto que le correspondía ni ejerciera su rol paterno como él necesitaba. Este joven admiraba a su padre y, con su petición, lo que trataba era de cuidar la relación, puesto que el padre era su figura masculina de referencia, así como convocarlo a su lugar de padre de familia, que estaba dejando de desempeñar.

En su tratamiento, tuvo que hacer un verdadero trabajo de duelo por la pérdida del padre idealizado que creía tener y, a partir de ahí, «recolocar» al padre en una posición menos ideal, que produjo un cambio en la forma de relacionarse con él.

¿Ha tenido usted experiencias de consecuencias similares con alguna persona importante de su vida? Tenga en cuenta que su historia personal es única, por mucho que perciba alguna analogía con el fragmento que acaba de leer. Conviene saber también que la psicoterapia es un proceso personal que cada uno tiene que atravesar, por lo que nunca es sustituible por una narración de lo que terceras personas hicieron en su tratamiento.

¿Cómo se desarrollará su caso particular? ¿De qué manera obtendrá alguna ayuda? Si se está planteando la psicoterapia como forma de superar estas experiencias, en mi consulta de psicología en Sevilla podré atenderle para que hablemos seriamente de las cosas que le preocupan. De momento, poco más puedo decirle. Recuerde que todavía no sé nada de usted. Primero tengo que escucharle.