Cuando una pareja pierde su rumbo

¡Cuántos matrimonios iniciados con ilusión, con la promesa de amor eterno, con el proyecto de una vida en común, y resignados después a soportar el hastío y la desgana, incapaces de resolver sus crisis de pareja!

Relaciones que se enfrían; evitación diaria de abordar seriamente la búsqueda de soluciones; negativa a dedicar más tiempo y cariño a luchar por el matrimonio. Las esperanzas de reparación les abandonaron hace tiempo y el resentimiento asume el protagonismo en sus escasos encuentros cara a cara.

Lamentablemente, sólo contemplan la posibilidad de separarse: o una separación física o un «divorcio emocional». En este último caso, continuarán viviendo bajo el mismo techo, procurando mantener cierta estabilidad mediante una apariencia de normalidad que no hará sino aumentar el grado de insatisfacción en sus vidas.

Quizás no hayan valorado lo suficiente que una terapia de pareja puede ayudarles a definirse: o seguir adelante con el proyecto, mejorando la calidad de la relación, o poner fin al matrimonio de manera civilizada.

Daniel González
Psicólogo en Sevilla especialista en Psicología Clínica y Psicoterapia

Educación: el riesgo de formar menores como pies de loto

Hasta hace no mucho existía una tradición en China consistente en vendar los pies de las niñas y mantener las vendas apretadas durante toda la vida para conseguir que estos adoptaran una forma similar a la de la flor de loto. Sobre los fines de esta práctica existen diversas hipótesis que no me detendré a analizar. El caso es que con ella se impedía el crecimiento de los pies, a costa de deformaciones terribles.

En nuestra sociedad, cuando estamos excesivamente pendientes de los menores, sin apenas dejarles espacio, controlando continuamente sus movimientos y corrigiendo cada conducta producimos en ellos ese mismo efecto de «pies de loto» que lograba la tradición oriental: les dificultamos que crezcan como personas, que adquieran autonomía y que se desenvuelvan con independencia. Permanecerán pequeños -como los pies de esas niñas chinas-, con su autoimagen deformada y la autoestima dañada.

¿No es preferible que actuemos con los menores como buenos zapatos: esos que dan calor en los días fríos pero que transpiran, que protegen del exterior sin apretar, que proporcionan estabilidad a la vez que son flexibles? Porque no se trata de abandonarlos a su suerte ni de dejar que se lastimen por andar por donde no deben, sino de aportarles las bases necesarias para que pisen fuerte y puedan avanzar con paso firme. ¿No es esto lo que queremos para ellos? ¿O alguien prefiere niños como pies de loto?

Daniel González
Psicólogo en Sevilla especialista en Psicología Clínica y Psicoterapia