Abuso sexual infantil: que nadie hable con la pared

Si ya es terrible para un menor ser objeto de abuso sexual, mucho peor es que, además, no se sienta escuchado cuando por fin se ha atrevido a contárselo a algún adulto de confianza.

Lo habitual es que antes de expresarse con palabras, el cuerpo hable por él y manifieste ciertos signos que nos alertan de la existencia de algún sufrimiento en su vida: conductas sexualizadas, agresividad o cambios bruscos de comportamiento; disminución del rendimiento escolar; pérdida del control de esfínteres; trastornos del sueño y/o del apetito; cefaleas; miedo o rechazo a ciertos contextos o personas; problemas de atención. Como cabe esperar, sus padres le habrán puesto algunos castigos por su mal comportamiento, habrá recibido algún «tironcillo de orejas» de los maestros por sus malas notas y hasta es posible que el pediatra le haya prescrito algún medicamento para regular las funciones corporales básicas. ¿Quién lo iba a saber? ¿Quién iba a sospechar que un adulto lo estaba tomando como instrumento para su disfrute sexual?

Para el menor, cuando las situaciones de abuso tienen lugar en el medio familiar, el alejamiento de su abusador es tarea prácticamente imposible, con lo que el pánico se acaba apoderando de su vida. En algunas edades, los menores ni siquiera cuentan con palabras en su vocabulario para nombrar lo que les está pasando y, a menudo, tardan algún tiempo en descubrir que todo eso que están viviendo es mucho más que un juego cómplice con su ser querido. Desde su indefensión, probablemente amenazado si revela el «secreto», el menor se siente vulnerable y, cuando por fin logra entender que el adulto ha excedido los límites, es común que sienta culpa y vergüenza por esos abusos recibidos.

Si escribo estas líneas es con la única finalidad de que consigamos entre todos que nadie dude jamás en revelarnos un abuso por temor a no ser creído o tomado en serio. Porque, desgraciadamente, el abuso sexual existe y toda persona que dice haberlo padecido merece ser escuchada sin prejuicios. ¡Que este tema deje de ser tabú y que todo aquel que necesite contarlo sepa que no se topará con resistencias de nuestra parte!

Por eso le pido que, si alguna vez un menor se atreve a confesarle que está siendo objeto de abuso, no se precipite con su respuesta: escúchelo con calma, sin prisas por finalizar el relato ni pretensión de convertirlo en un interrogatorio. Aunque lo que usted está oyendo le haga sentir angustia o le parezca increíble, no lo juzgue ni lo acuse. No aumente la desprotección del menor con su incredulidad ni minimizando la importancia de lo que le está contando: eso no aliviará el sufrimiento; todo lo contario, le hará sentirse más impotente si cabe. Tome las palabras del menor como una muestra de confianza en usted y, sobre todo, como una petición de ayuda. Procure no cargarle con más culpabilidad de la que probablemente ya siente. Regúlese primero; después, bríndele su apoyo, acompáñelo con tranquilidad y busque orientación especializada. Así le estará ayudando a poner fin a esa etapa y a iniciar un proceso nuevo, más seguro, dirigido esta vez a recuperarse de esas experiencias indeseables.

¿Conoce algún caso cercano? ¿Necesita atención profesional? Sepa que puede contar conmigo para abordar el asunto que le preocupa. Por ahora, nada más puedo decirle. Recuerde que todavía no sé nada de usted. Primero tengo que escucharle.

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